En junio de 1986, México se convirtió en el primer país en albergar dos Copas del Mundo de la FIFA, después de que Colombia renunciara a la organización por dificultades económicas, y el reto fue asumido por una nación que atravesaba uno de los momentos más complejos de su historia reciente.
Apenas nueve meses antes, el terremoto del 19 de septiembre de 1985 había devastado amplias zonas de la Ciudad de México, dejando miles de muertos y una profunda herida social; al mismo tiempo, el país enfrentaba una severa crisis económica marcada por una inflación superior al 100 %, una elevada deuda externa y un creciente descontento ciudadano.
En ese contexto, el Mundial de México 1986 se convirtió en algo más que un torneo de futbol, para millones de mexicanos representó una pausa en medio de la adversidad, una oportunidad para reencontrarse con la esperanza y mostrar al mundo la capacidad de recuperación del país.
Para las nuevas generaciones, México 1986 parece pertenecer a otro mundo: no había redes sociales, teléfonos inteligentes ni plataformas de video; la información llegaba a través de la televisión, la radio y los periódicos… al otro día.
Los aficionados esperaban las transmisiones para conocer resultados y alineaciones, las fotografías se revelaban un día después y los recuerdos quedaban almacenados en álbumes, recortes de periódico o conversaciones familiares.
El tradicional álbum Panini era uno de los objetos más codiciados del torneo. Intercambiar estampas en escuelas y parques formaba parte de la experiencia mundialista, mientras que las narraciones radiofónicas daban vida a partidos que muchos no podían ver en televisión.
También fue la época en la que la llamada “ola mexicana” conquistó los estadios y posteriormente se popularizó en todo el mundo, mucho antes de la era de los videos virales.
Cuarenta años después, México volvió a ser anfitrión de una Copa del Mundo, ahora junto con Estados Unidos y Canadá; sin embargo, el contexto es radicalmente distinto.

La experiencia futbolística actual está marcada por redes sociales, transmisiones en múltiples plataformas, estadísticas en tiempo real e interacción constante desde dispositivos móviles. Los aficionados ya no esperan al día siguiente para conocer una noticia ni dependen exclusivamente de la televisión o la radio para seguir un partido.
Por eso, para muchos mexicanos, el Mundial de 1986 permanece como una postal irrepetible, la del último gran Mundial analógico, cuando el futbol se vivía en comunidad, las emociones se compartían cara a cara y un país golpeado por la tragedia encontró, durante un verano, un motivo para volver a sonreír.